Coleutivu Ecoloxista d’Avilés

February 9, 2008

Artículo de Pedro Costa sobre Al Gore

Filed under: CEA

Publicado en "La Verdad" de Murica

El nuevo héroe del medio ambiente es un impostor, primero por necesidad, porque no existen referencias de un político norteamericano que haya ejercido el poder y haya exhibido al mismo tiempo, digna y activamente, una conciencia ecológica. No es posible pertenecer a los rangos de poder en una potencia que explota medio mundo en lo humano y lo ambiental, que conculca a discreción derechos y libertades, y sublevarse a favor de la naturaleza o del planeta. No, no es posible. Al Gore, sin ir más lejos, se enfrentó a los antinucleares siendo congresista y senador por Tennessee (1976-93) y esto no es ecológico ni ecologista.

Concretamente, y en segundo lugar, es un impostor porque apoya la pena de muerte (y con eso ya tendríamos bastante). Tuvo ocasión, siendo vicepresidente (1993-2001) de reconocerlo y afirmarlo, coincidiendo con su presidente, Clinton. Y no conozco a ningún ecologista que esté a favor de la pena de muerte.

En tercer lugar, Al Gore es un impostor porque, habiendo sido nada menos que vicepresidente de los Estados Unidos no nos consta esfuerzo reseñable alguno de su experiencia en el poder que pueda recordarse contra el cambio climático. He ahí un predicador al modo mesiánico ya conocido, es decir, hipócrita, bobalicón y despolitizado por la cuenta que le trae; porque, ¿no es el sistema socioeconómico que ha mamado, que propugna y del que se beneficia, el principal culpable del calentamiento global y de otras mil salvajadas? ¿No es su país, a cuya cabeza política estuvo ocho años, primerísimo responsable de esta crisis?

Cuarto cargo: escribir dos libros y producir una película (sus partidarios dicen que desde 2001 ha dado miles de conferencias; bueno) no son de por sí mérito suficiente como para que se convierta en figura líder en la defensa del medio ambiente. Para ser reconocido como tal se suele trabajar más y, sobre todo, con más compromiso personal y político. Cuando escribió el primero de sus libros, En paz con el planeta (apoyado y difundido en España por la Secretaría de Estado de Medio Ambiente, socialista, y Endesa, empresa pública), el corresponsal que los de Cuadernos de Ecología teníamos en Estados Unidos ya me previno sobre el personaje y sus méritos ambientales. Y lo tuvimos claro: la semblanza del personaje la titulamos «Al Gore: ¿ecologista o farsante?» (nº 6, marzo de 1994).

Los premios que ha recibido son otra impostura (la quinta); esta vez achacable a las instituciones que se lo han atribuido. Ya podía la institución del Premio Príncipe de Asturias haber hecho justicia, en el apartado del medio ambiente, al movimiento ecologista asturiano, uno de los más antiguos de España (estoy pensando en ANA, la Asociación de Defensa de la Naturaleza Asturiana, y en el Colectivo Ecologista de Avilés, grupos creados a principios de los años de 1970 y enfrentados siempre a un medio ambiente duramente castigado, a la par que excelso). Y del Nobel de la Paz prefiero no hablar, pero teniendo en cuenta los personajes belicistas que lo han recibido, no debiera de extrañarme que se lo hayan dado, también al bombardeador de Yugoslavia, de Irak, de Sudán y Kenia, entre otras hazañas bélicas tan imperiales como chulescas (e ilegales).

Aunque en el fondo los premios a Al Gore son mérito propio si reconocemos que son la cosecha de su hábil ofensiva publicitaria. En una sociedad tan papanatas, premiar imposturas ya no debiera extrañarnos, pero el que nos acostumbremos a vivirlas, tolerarlas e incluso aplaudirlas no quita que lo sean.

Ese aire mesiánico, por lo demás ultra e hipócrita, que le hace proclamarse apóstol de no se sabe muy bien qué, es pura impostura (la sexta). «Siento que tengo una misión», dice el tío, como si nos chupáramos el dedo y no sospecháramos, con la certidumbre que da la experiencia, del carácter de sus convicciones.

Las sospechas de que algo buscaba y que este algo no podía estar muy lejos de un beneficio económico más o menos crudo no tardaron en confirmarse. Al mismo tiempo que Al Gore reunía a sus 200 catecúmenos en Sevilla se hacía público que su sociedad de inversiones participaba en la filial de biocombustibles del grupo industrial sevillano Abengoa. Y se informaba de más cosas: que en siete años de predicación y hábiles inversiones se ha embolsado 70 millones de dólares. (Recuerdo a los lectores que es el tirón especulativo de las «expectativas de los biocombustibles» como negocio lo que ha inducido alzas notables en nuestra cesta de la compra y perjudicado seriamente a agricultores y ganaderos en todo el mundo, incluyendo España.). Impostura séptima, y gorda.

Y escuchen bien: muchos analistas -y este que les escribe, también- consideran que la fortuna mediática y económica que este personaje está acumulando en tiempo record le servirá para un próximo asalto a la presidencia de Estados Unidos, espinita que como todos recuerdan tiene clavada desde noviembre de 2000. A mí esto me vale como otra impostura (la octava).

En noveno lugar, debe reconocerse que Mr. Gore observa una conducta personal netamente antiecológica: altos emolumentos por sus conferencia y exhibiciones, desplazamientos de millonario, exclusivos y derrochadores de energía, liderazgo distante y nada ejemplar respecto de sus ingenuos seguidores (se equivocan los que lo siguen porque están de acuerdo en aquello de que «el fin justifica los medios»). Muy al estilo del norteamericano imperial que gusta asombrar al mundo, sí, pero que no es homologable y, necesariamente, describe frivolidad, banalidad, artificio e impostura. El ecologismo es una cosmovisión y una ética, y exige un cierto grado de congruencia entre vida y obra; no sé si me explico.

Finalmente, es un impostor, de la cabeza a los pies, quien se hace ecologista o asume ideas o actitudes de este corte -y más si esto lo atribuye a la inspiración divina o poco menos- por la moda de los tiempos, utilizando poderes y recursos privilegiados o pretendiendo lograr hacerse un ambiente que le permita pingües beneficios, tanto mediáticos (premios, concretamente) como financieros (inversiones con tirón coyuntural). Como Albert Arnold Gore, Jr., sin ir más lejos.

Pedro Costa Morata es profesor de la Universidad Politécnica de Madrid y Premio Nacional de Medio Ambiente 1998.

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